¿ESCRIBIR PARA NIÑOS?

En el siglo pasado, al final del segundo milenio del calendario gregoriano, hace casi cincuenta años cuando el mundo era joven, nací en pequeño pueblo de la amazonía boliviana.

En mi pueblo a orillas de un caudaloso río no había luz eléctrica ni agua potable. Por las noches los hogares se iluminaban con lujosas lámparas de cristal, otros teníamos lampiones y los más humildes con velas de sebo. El agua era obtenida de los aljibes o pozos cavados al centro de los patios que albergaban flores y frutos. En los canchones y en la calles bullían nuestra infancia jugando y contando historias, era la vida, ni más ni menos.

Yo era tartamudo y por tanto no las contaba, solamente escuchaba a los otros y los envidiaba cuando narraban los cuentos de la viudita, del perro encadenado, del carretón de la otra vida, del hombre sin cabeza, en fin, leyendas que se repiten por toda América y seguramente más allá de nuestros mares. En silencio, contándome a mí mismo, fui aprendiendo el arte de narrar, aún lo sigo cultivando...
Mi padre, Antonio Carvalho Urey, era un hombre culto (así se les decía a los que leían), descendía de maestros de escuelas, y había ido a la universidad. En un pueblo ganadero eso hacía la diferencia y nuestra casa poseía una pequeña biblioteca en la que yo disfrutaba de inmensos atlas con mapas de todo el planeta tierra. Los mares, los océanos, las cordilleras, las mesetas, los ríos eran mi asombro cada vez que los abría para recorrer los mapamundis. También había novelas, poemarios y cuentos. Confieso que antes de aprender a leer solamente buscaba aquellos que venían con ilustraciones. En uno de ellos que contaba la historia de una increíble guerra por un lío de faldas, aprendí que mi feo nombre lo había heredado de un ilustre escritor griego.
Los libros, los cuentos de la calle y la radio nos permitían enterarnos de lo que pasaba más allá de nuestros montes y curiches: eran nuestras fuentes de información como dicen ahora los comunicadores sociales. De vez en cuando, a la muerte de un obispo, llegaba alguna que otra película mexicana que era recibida con gran algarabía y expectativa por todo el pueblo.
Lo que decían los libros y los dibujos que mostraban tenían un carácter sagrado, eran la verdad verdadera. Cuando todos se iban, a la hora de la siesta, por las tardes cuando el calor arreciaba, los libros se abrían para nosotros y fascinados por el objeto mismo, por el libro, íbamos pasando página tras página. Los libros cumplían un papel protagónico en nuestras vidas, nos permitían salir de nuestro pueblo e ingresar a otros ámbitos, conocer otras realidades. Nos permitían penetrar en la mente de los protagonistas e indagar en sus vidas mientras transcurría la acción o el drama. Nosotros mismos nos transformábamos en otros, en Sandokan, en el Conde de Montecristo y cuando nos llegaba alguna revista éramos Superman, el hombre de acero o Santo, el enmascarado de plata.
Pasaron los años y llegó el fin del mundo. Se lo había anunciado para el año 1999 o para el 2000, daba lo mismo porque una década antes el mundo conocido por nosotros empezó a ser aniquilado por la cibernética. Desde niño había escuchado también profecías apocalípticas sobre el futuro de los libros. Que los periódicos habrían de destruirlos, que con la radio nadie iba a querer leer libros porque todos iban a preferir escuchar que ejercitar los ojos y la mente. El cine primero y luego la televisión lo habían herido de muerte, eran la lanza en el costado del libro y ya no había nada qué hacer y sin embargo se seguía leyendo. Los estudiantes recurrían a los libros y las bibliotecas todavía se llenaban de niños y niñas. En mi casa siempre hubo un libro para leer aunque fueran las célebres Selecciones que hablaban del estómago de Juan. Algo que no debemos olvidar nunca, porque mientras haya frutas en la casa alguien se las comerá.

Crecí, tuve amores y me casé. A mis hijos además de leerles cuentos infantiles que yo los compraba en papel papel, en tela y en plástico también me inventaba algunos cuentos en los que ellos eran los héroes.

En la década de los ochentas se derrumbó estrepitosamente el socialismo soviético y Europa observó espantada la guerra civil que aún sigue desangrando a varias de sus regiones. Se crearon tantos países que nunca más pudimos asombrarnos con eso niños prodigio que eran capaces de responder por las capitales de cada uno de los países del mundo entero. Los mapamundis de ahora ya no servirán para mañana.Y llegaron las computadoras y la torre de Babel pareció terminar de derrumbarse, ahora si no había nada que hacer. La red Internet, la biblioteca virtual y los libros electrónicos reemplazarían inevitablemente a los libros de papel. Y nada, los porfiados libros siguen sobreviviendo, pese a todo se sigue publicando y los niños siguen leyendo. No sé si menos que antes o si leen los que tienen que leer o si así no más son las cosas, pero la gente sigue leyendo.
Les cuento: Mis hijos habían crecido y yo veía, indolente y casi resignado, que no se interesaban por los libros que había en mi casa. Preferían los juegos electrónicos, los atari, los game cube y esas vainas y yo seguía llevándoles los libros de Emilio Salgari, de Dumas de mis amigas Gigia Talarico y Gaby Vallejo, y nada, ellos no los abrían. De vez en cuando me acercaba a los libros y los acariciaba para que no se sintieran tan solos y ellos me lo agradecían desplegando sus hojas.
Y no solamente mis hijos, sino que a nadie parecía interesarle la literatura y todo lo relacionado con ella pasaba al olvido. Una anécdota personal a propósito de esta indiferencia: resulta que hasta mi nombre había perdido su carga literaria, antes cuando me presentaba y decía mi nombre: Mucho gusto Homero, en tono irónico mi interlocutor preguntaba si era el del Iliada, broma que ni siquiera la familia Adams con su carismática personalidad pudo borrar. En cambio llegaron los Simpsons y listo, ningún niño o joven volvió a acordarse de Ulises o de la guerra de Troya, me asociaron inmediatamente con el gordito e ingenuo bebedor de cerveza.

Entonces el muerdo giraba con mayor ligereza ante la pantalla de televisión, todos hablábamos como el Chavo del ocho, los niños pedían espadas de fuegos de He Man y trajes de los Power Ranger.

Todo parecía perdido hasta que llegó el bendito Harry Potter y entonces sentí que era mi última oportunidad y me la jugué a fondo: compré el libro y lo dejé en el velador de mi hijo. Pasados unos días lo vi leyéndolo y desde entonces no lo para nadie. Ha leído incluso los míos y, por supuesto, los de Gigia. De mi hija Lucía ni hablar lee todo lo que pilla, lo cual ya es un peligro en estos días.
Agradecido como estaba con la señora Rowling leí el primero de la saga y me di cuenta del éxito de la autora. Digan lo que digan la doña había logrado combinar todos esos elementos que deben estar en los libros infantiles y de adolescentes: brujos, magia, dragones, castillos, una escuela, seres buenos y malignos y les había dado un carácter de juego electrónico. La combinación perfecta para esta época. Sabemos que a cada generación le corresponde una literatura y que los clásicos siempre superan esta regla, pero no hay que forzarlos a nada, hay que dejar que así como a nosotros de niños nos gustaban, entre otros, Verne y Dumas, a ellos, a nuestros hijos, les gustan Tolkien y Dahl. Debemos dejarnos de mezquindades, me refiero especialmente a los escritores y expertos de la palabra escrita, y dejar de engañarnos pensando que todo tiempo pasado fue mejor. Estoy seguro, y lo digo con humildad, que dentro de algunas décadas el pequeño mago será un clásico. Puede ser también, que a nuestros nietos les vuelva a gustar Homero, el de la Iliada por supuesto.
Tal vez nos hace falta comprenderlos un poco más. Por eso celebro el último libro de Isabel Mesa que está concebido a la manera de un videojuego ¡qué bien! Eso es lo que hay que hacer.
Ahora respondo a la pregunta del título de esta pregunta: ¿escribir para niños?, por supuesto que sí, pero dejando de lado esos textos pesados que ninguno de nosotros lee. Un cuento infantil no es ensayo sobre sus potencialidades psíquicas o un desafío su inteligencia cibernética, es simplemente dar cuenta de algo. Contar, pero contar bien. Un libro malo es malo sea para niños o para adultos. Y tratándose de niños el desafío es aún mayor porque sabemos que no es nada fácil estar en sus zapatos y tratar de contar desde nuestra realidad una historia para ellos.

Autor: Homero Carvalho Oliva

Fecha: 29 Febrero, 2012