|
La Sirenita de Hans Christian Andersen
Rosalba Guzmán Soriano
20 de agosto de 2025
Todos los escritores, en algún punto, hablamos inevitablemente de nosotros mismos en nuestras escrituras. Hablamos de hechos, de sueños, de pesadillas, de situaciones que conmueven nuestras vidas. Hablamos, o mejor, escribimos sobre nosotros sin saber. A veces, sin siquiera sospecharlo, otras veces sí lo hacemos conscientemente ocultos en el disfraz de nuestros personajes, al modo de los sueños. Nuestros textos son un artificio que esconde algo de la verdad del inconsciente.
Pensemos en los cuentos infantiles de Andersen: un niño pobre, que en épocas de hambre tuvo incluso que pasar días debajo un puente y hasta mendigar como la niña de los cerillos. Un hombre talentoso y reconocido, pero poco atractivo, un patito feo que para existir y merecer amor y reconocimiento debió dejar de ser pato y convertirse en un cisne. Una Sirenita que pierde su objeto más preciado: su voz, como Andersen que, siendo cantante de ópera, quedó sin esa voz debido a sus carencias económicas y al advenimiento de la pubertad.
Manuela Malasaña, citando a Botello, afirma: “El cuento es lo que más se aproxima a la realidad subjetiva (...) puede constituirse como manera de soportar lo que resulta difícil de alejar” (Malasaña, 2010). El sello del escritor es su propia subjetividad. Pero, como no se trata de poner al autor en el diván, porque no nos corresponde, hoy nos vamos a referir a la “Sirenita” de Hans Christian Andersen y a los efectos de la palabra en la literatura infantil. Hablaremos concretamente de este cuento y los desfiladeros por los que la adolescencia reinicia el camino hacia el deseo, pese a saber que puede ser arduo e intrincado.
El Otro
El Otro, con mayúscula desde la teoría lacaniana, es la alteridad del lenguaje, los decires, los predicados paternos, la concepción del bien y del mal que antecede al infante antes de su llegada al mundo: se refiere al conjunto de significantes inmersos en la cultura de la época y, de manera particular, en la familia en la que un niño nace y es esperado. Es la cuna simbólica que lo recibirá en la vida dándole una existencia singular.
El romanticismo europeo es una corriente cultural que transcurre entre fines del siglo XVIII y el XIX un movimiento pendular que se va de un extremo al otro. Los principios que lo rigen se basan en la exaltación de lo subjetivo, los afectos, la sensibilidad sin orillas, la imaginación, la intuición y en la ruptura de límites en cuanto a la creatividad dando paso al valor de lo original y genuino. La Sirenita nace de manos de su autor en el contexto del romanticismo. Son características de la época: las pasiones desbordadas y melancólicas, los amores imposibles, el goce del sufrimiento que lleva al descalabro o la muerte. Esta época es considerada la adolescencia de la historia, por su carácter rebelde ante los cánones establecidos en el periodo neoclásico que lo antecedió, en que el Otro marcaba como ideal la exaltación de la razón, el intelecto, la lógica y la objetividad.

Desde este color emocional, el romanticismo recupera los mitos y leyendas, dándoles una nueva versión. Si bien hay una rebeldía frente a la religión católica cuyo poder en la Edad Media no tuvo límites, al mismo tiempo se la sostiene desde la represión, la culpa, la idealización del alma y la trascendencia espiritual. Esto explica por qué el Otro que habita las aguas familiares de la Sirenita, es un Otro conservador y moralista.
Cuenta Andersen que en las profundidades del mar vivía un rey viudo con su madre y sus cinco hijas huérfanas. Todas esas mujeres, así como el rey, tenían cuerpo humano y cola de pez. Habitaban un reino maravilloso y profundo junto a los peces en un mar muy particular:
un mar muy profundo, demasiado profundo, para que ningún ancla pueda llegar al fondo, y serían precisas un gran número de torres de iglesias, puestas las unas sobre las otras, para llegar del fondo a la superficie. Y allí, en aquellas profundidades, es donde viven las sirenas (Andersen 1837).
Este mar es el mar familiar, con sus reglas, sus instituciones, sus prejuicios y sus propias creencias, entre las cuales la religión católica con la marca del medioevo impone su ley. Esa sirenita vivía en el fondo de las aguas familiares. Pesa en las profundidades un gran número de torres de iglesias, puestas las unas sobre las otras, para llegar del fondo a la superficie. Las hijas del rey no deben aspirar a salir a la superficie, y de hacerlo, deberán asumir el peso de las innumerables torres de la iglesia que cae sobre su reino. La Ley que no autoriza el goce sexual. Se trata pues de una familia que está compuesta de medias mujeres y un rey tritón. Pese a su belleza, como lo afirman las leyendas danesas, las sirenas son peces de la cintura para abajo, pero tienen el don de sus voces enigmáticas para la seducción. Este rey no tiene una mujer, la suya está muerta, pero tiene madre, y cinco hijas, todas sirenas igual que él. Es rey, padre e hijo.
La sexualidad prohibida
Como dijimos el rey del mar era un viejo y sabio tritón. En la mitología griega, Tritón era una divinidad, hijo del rey Poseidón. Es representado tocando una caracola como trompeta. Tritón es la voz del padre que convoca a sus súbditos, la que llama a sus hijas, la voz que sentencia lo que es y no es posible en el reino de las aguas. Tritón encarna al padre que estructura el mundo de la Sirenita. Es un padre que debería darle las claves sobre el amor y el deseo, por fuera de los afectos familiares. Este padre debería dejar a sus hijas crecer y, al tiempo en que estén listas para salir del mundo de las aguas familiares, dejarlas buscar por fuera de ellas a un hombre a quien sea posible amar y desear. Pero, para eso tendrían que dejar de ser sirenas y convertirse en mujeres con todos sus atributos femeninos. Es decir, dejar las profundidades del mar. Este rey sin embargo más bien es una especie de “toda madre” las quiere ninfas, niñas eternas habitando su reino por siempre, lo cual es posible, excepto por el deseo de la menor de sus hijas, que sueña con ser una mujer.
Cada una de las princesitas tenía en el jardín su rinconcito donde podía excavar y plantar como quisiera. Una daba a su macizo de flores la forma de una ballena; otra prefería que se pareciese a una sirenita. Sin embargo, la más joven hizo el suyo redondo, como el sol, y no había en él más que flores rojas como el astro rey (Andersen 1837)
La más joven pone su jardín en un círculo representado por el astro rey, da a pensar en el contexto de las identificaciones paternas, sin embargo en la mitología danesa (s/r, enero 2025), el color rojo representa energía, pasión y la dicotomía de conceptos como la vida y la muerte, el amor y la guerra.
sus hermanas adornaban sus pequeñas posesiones con los más extraños objetos cogidos de los barcos hundidos (…) ella no quería tener, aparte de las flores rojas que recordaban al sol de las alturas, más que una hermosa estatua de mármol: era un delicioso joven tallado en la clara y blanca piedra, que había caído al mar a causa de un naufragio (Andersen 1837)
El objeto con el que sueña esta sirenita, no pertenece a su mundo infantil, es la estatua de un hombre que le sabe delicioso como si fuera un manjar que le apetece. Su sexualidad está jugada, y el rey no sabrá qué hacer con eso.
Tiempo de ser una mujer
Sentencia la abuela, que es la que sabe sobre su progenie, que al cumplir sus nietas los quince años, edad para ser una mujer, el rey le permitiría a cada una como regalo, subir a la superficie para ver el mundo de los humanos. Aparentemente las cuatro primeras no tienen problemas, pero la más pequeña expresa su anhelo de subir a la superficie y conocer el mundo de los hombres. Este rey va a cumplir su promesa a medias cuando la más pequeña cumpla los quince. Al llegar el día, el padre lo hace con las recomendaciones necesarias para que no se deje seducir por la belleza de ese otro mundo: recuerda que el mundo de arriba, no es el nuestro —le dijo a la menor de sus hijas— solo podemos admirarlo, somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres (Andersen, 1837).
El padre sentencia el peligro que acecha e instaura el deseo a partir de su prohibición: sé prudente, no te acerques a ellos, sólo te traerían desgracias. Así, este tritón autoriza y no autoriza, brinda a medias el permiso para la separación. Para que su sirenita que está dejando la infancia se convierta en una mujer no debe correr el riesgo de morir en el intento: quedarse en medio camino la condenará precisamente a ello.
Para el rey, es posible que sus hijas puedan ver el cielo, las estrellas, la inmensidad del mundo por fuera del seno familiar; pero la sexualidad, la pasión, el amor hacia los hombres, será un presagio de desgracia.
Así la Sirenita, la más bella de todas con el don de la voz más hermosa de ese universo marino, va al encuentro de su destino: la elección ineludible de la privación, que convertirá un amor posible en un amor no correspondido, ese que la llevará al infortunio.
Cuando la Sirenita sube a la superficie, visualiza una nave en la que los marinos vitorean a un príncipe que cumple 20 años, es decir, a un hombre. Cómo me gustaría hablar con ellos, piensa, pero al decirlo mira la larga cola cimbreante que tiene en lugar de piernas, un atributo femenino humano imprescindible para seducir a los hombres, y se siente acongojada.
jamás seré como ellos piensa. Luego al ver al príncipe homenajeado, relata el autor, la Sirenita siente que no puede dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento le oprime el corazón.
Otra vez son sentimientos polares para la Sirenita : alegría y sufrimiento. La alegría de sentirse mujer estará por siempre acompañada del sufrimiento de no poder acceder a ese deseo por no serlo.
Más tarde un cambio en el clima, una terrible tormenta provoca el hundimiento del barco. Una terrible tormenta que acontece cuando la niña tiene la evidencia del llamado de su deseo. La adolescencia adviene como una marca en su destino falaz.
la Sirenita, pese a que gritó y gritó para advertirles sobre el peligro, no pudo ser escuchada, afirma el autor. Ella, la de la voz cautivadora de las aguas armoniosas del mar adentro; en la superficie, frente al peligro que se avecina, su propio deseo emergente, no puede ser escuchada. Al mismo tiempo, no puede escuchar la voz de las advertencias: es ella quien no debe escuchar las resonancias de su propio cuerpo.
El joven capitán había caído al mar, el mar de sus pasiones imaginarias, y la Sirenita lo busca en esas aguas para socorrerlo. La estatua de su jardín, se convertía en realidad. Dice el autor De improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y de golpe lo tuvo en sus brazos.
Esa fantasía de la Sirenita marca un antes y un después en el destino que elige para sí misma. Es el mar de sus pasiones que le entrega al príncipe en los brazos, pero está inconsciente, dormido, sin posibilidad de verla y corresponder a su amor. Así cumple con la ley del Padre a la vez que la incumple. El autor protege a su protagonista. El joven inconsciente es llevado hasta la superficie y ella se queda frotándole las manos y dándole calor con su cuerpo. Nada más sensual e inaugural de lo que ese hombre le inspira. Le da calor con su propio cuerpo de sirena, un cuerpo que es y no es el de una mujer, pero la voz sin palabras de la Sirenita, lo que su naturaleza tiene para el amor y la seducción, es lo que queda impreso en la piel de ese inconsciente príncipe.
A la hora de la verdad, el goce de su propia privación lleva a la sirenita a retroceder y esconderse. Son tres bellas jóvenes que lo descubren en las orillas. Cuando el joven príncipe abre los ojos, ve a una de ellas y piensa que fue quien lo salvó. Piensa la Sirenita que en aquella playa que había dejado detrás suyo había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse (…)Oh, qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta, teniendo al joven entre los brazos, sin embargo, sabía que era ese un amor sin esperanza porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre (Andersen 1837)
Así es como, pese a desobedecer la ley paterna, fracasa en el intento y finalmente la asume. Sólo le es permitido acercarse a las orillas del deseo, pero nunca avanzar más allá de la prohibición. La prohibición entonces no es la del incesto de la cual habla Freud, no significa, “no desearás a tus objetos primarios, dejarás tu familia nuclear y te convertirás por fuera de la familia en una mujer para un hombre”. No es el mandato de explorar otro territorio dónde realizar su fantasía femenina. Por el contrario, el mandato de este padre tritón es el de no dejar las aguas marinas que la aprisionarán en un infantilismo carcelario.
Para leer el artículo completo:
Compartir en:
Facebook Twitter
|