REVÉS DEL CUENTO, EL

REVÉS DEL CUENTO, EL

NOVELA

Dos mellizos, Maya y Lucas, encuentran dos personajes de papel en su cuarto que pertenecen a un cuento de hadas. Los dos viven una mágica aventura intentando devolverlos a su lugar de origen mientras discuten y argumentan sobre si los cuentos de hadas son mejores que los cómics. Lucas defiende a los superhéroes, mientras que Maya se pone al lado de los príncipes y princesas.

Año de Publicación: 2008

Lugar de Publicación: La Paz

Editorial: Gisbert y Cia. S.A.

Colección: ---

Numero de Edición: Séptima

Numero de Páginas: 180 Páginas

ISBN: 978-99974-898-1-4

Depósito Legal: 4-1-4833-16

Premios y Distinciones: Nominado para "Los Mejores", por el Banco del Libro de Venezuela (2010).
Incluido en la lista de "300 libros iberoamericanos para niños y jóvenes recomendados por el Plan Nacional de Lectura". Ministerio de Educación de Argentina, (2011).
Incluido en la lista de "Los recomendados: Una década de Literatura Infantil y Juvenil boliviana (2000-2010) Academia Boliviana de LIJ, (2012).

Fragmento

Capítulo I

Las figuras mágicas

(Del libro "El revés del cuento")

Isabel Mesa

Maya dormía bajo la mirada vigilante de cuatro ojitos diminutos que la observaban curiosos. Las frazadas que se iban cayendo poco a poco, a medida que Maya daba vueltas sobre la cama, dejaban ver a una niña flaca, larguirucha, pálida y con el cabello largo, negro y muy ondulado.

Cuando Maya abrió los ojos lo primero que vio fue la silueta de dos pequeñas figuras, sentadas sobre el borde de su mesa de noche, balanceando los pies rítmicamente. Pensó que todavía seguía soñando, así que restregó sus ojos y palpando la superficie del velador buscó sus lentes y se los puso. Incrédula del todo, se incorporó de un salto sobre la cama y acercó tanto su rostro hacia aquellas personitas que su nariz casi rozaba sus cuerpos.

– ¿Quiénes se supone que son ustedes? –preguntó sin salir del asombro.

– Yo soy una princesa –respondió la figura femenina con mucha seguridad–. ¿No ves acaso mi vestido, mis zapatillas y mi corona?

– Entonces... –dudó su compañero–… yo debo ser un príncipe. ¿No ves mi capa, mi espada y mi... mi... ? Oye, princesa –susurró el joven dirigiéndose a la otra figura–, ¿y yo no tengo corona?

–  ¡Y qué se yo! –respondió la princesa torpemente–. ¡Ya te dije que no me acuerdo de nada! Además, yo a ti no te conozco.

– ¿Y de dónde vienen? ¿Por dónde entraron? ¿Cómo llegaron aquí? –interrogó Maya sin darles respiro.

– ¡Es exactamente lo que venimos preguntándonos todo este tiempo! –contestó el Príncipe–. Porque, aunque no lo creas, hemos pasado la noche en vela, aquí, sentados sobre este mueble y sin poder movernos porque no sabemos ni quiénes somos, ni dónde estamos, ni de dónde venimos.

Durante un buen rato la niña se quedó petrificada observando asombrada, de un lado y de otro, a los recién llegados. No tenían más de diez centímetros de estatura, estaban coloreados y hechos de papel. Sin embargo, sostenían sus cuerpos tan erguidos y tan tiesos que daba la impresión de que tenían atorado un palo de helado o que verdaderamente pertenecían a una rancia familia real.

Maya no se llevaba nada bien con su hermano Lucas, pero por nada del mundo quería que su mellizo se perdiera este sensacional descubrimiento; así que fue a despertarlo en ese mismo instante.

Con los pelos parados, refunfuñando y amenazando a su hermana de una y mil maneras, Lucas entró al dormitorio. Es cierto que eran mellizos, ambos tenían once años, pero de mellizos tan solo compartían el haber nacido el mismo día. Lucas tenía el cabello castaño claro y, si bien era flaco, era más bajo que Maya. Su pasatiempo favorito era comer y coleccionar revistas de historietas de todos los superhéroes del universo. Y como le gustaba mucho dibujar, había decorado todas las paredes de su habitación con sus personajes preferidos.

Señalando con el dedo sobre el velador, Maya le mostró las dos figuras de papel.

– ¿Y haces todo un escándalo para levantarme de la cama a las seis de la mañana solo para mostrarme dos recortes de revista?

– ¿Recortes de revista?  –se preguntó la Princesa–. Tal vez eso es lo que somos, parte de una revista. Pero... ¿qué es una revista?

– ¡No lo había pensado, Princesa! –respondió el Príncipe entusiasta, como si su compañera hubiera dado en el clavo–. Pero… en verdad, no tengo ni idea de lo que es una revista.

– Si así educan a los príncipes hoy en día –murmuró la joven de la corona–, las princesas tendremos que casarnos con bufones.

– ¡Tú si que eres bobo, Lucas! –intervino Maya furiosa al ver la reacción de su hermano–. ¿Alguna vez has visto dos recortes de revista conversando?

– ¿ESTOS DOS ESTÁN VIVOS? –preguntó Lucas a gritos acercando su cara sobre ambos personajes.

Ante el vozarrón de Lucas, los dos pedazos de papel se tambalearon y cayeron de espaldas sobre la base dorada de la lámpara de la mesa de noche quedando aturdidos y algo mareados.

– ¡Eres un loco! –chilló Maya–. ¿Cómo se te ocurre gritarles? Los pobres han caído como un par de hojas y están turulatos gracias a tu aliento de vaca. ¡Qué asco!

Las dos figuras se levantaron apenas, apoyándose la una sobre la otra como si estuvieran desdoblándose. Una vez de pie, se sujetaron de la lámpara para no volver a caer y entonces sí que parecían dos delicadas porcelanas. Estaban pintadas en tonalidades pastel. La Princesa llevaba un vestido largo de color carmín con el talle muy ajustado. Alrededor del cuello, un precioso collar de perlas y un cinturón dorado que caía sobre la cadera a manera de un delicado cordón. La joven tenía el cabello largo, muy largo, y era tan rubia que el ilustrador probablemente terminó un enorme y grueso crayón amarillo al pintarlo. Lo más atractivo era la pequeña corona dorada que adornaba su cabeza, toda decorada con brillitos que imitaban piedras preciosas.

El Príncipe también estaba muy elegante. Tenía una gruesa camisa verde que llegaba hasta la mitad de sus piernas, toda bordada con hilos plateados y, debajo, unas calzas verde oscuro con unos zapatos en punta muy vistosos. Sobre los hombros, una bellísima capa de terciopelo gris dejaba ver su espada colgada del cinto y... definitivamente, este Príncipe no tenía corona.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer? –preguntó Lucas sentándose sobre la cama de su hermana. ¿Ya sabes cómo aparecieron aquí?

– Estoy intentando averiguarlo, pero estos dos están en blanco. No tienen idea de quiénes son, de qué hacen aquí ni nada de nada –protestó Maya botándose sobre la cama al lado de Lucas.

– Al menos tendrán un nombre –sugirió Lucas–. A ver, ¿cómo se llaman? –prosiguió Lucas con voz autoritaria.

– No lo sé –respondió la joven de papel–. Solo sé que soy una princesa.

– Y me imagino que yo soy un príncipe.

– Eso está por verse –murmuró la princesa–. Probablemente un príncipe de barrio porque lo que es yo… no veo dónde llevas la corona.

– Suena antipatiquilla ¿no? –susurró Maya al oído de su mellizo.

– ¿Y qué esperabas? –respondió Lucas acercándose al oído de su hermana–. Es una princesa, ¿no? y… además es mujer.

La reacción de Maya no se hizo esperar. Jaló una de las almohadas de su cama y propinó un almohadazo en la cabeza de su hermano. Pero él se defendió con un par de karatazos, como siempre, que pegaron con fuerza sobre la espalda de la hermana. Maya prosiguió el combate lanzándole unos cuantos CD que rebotaban una y otra vez sobre un frisby que Lucas usaba como escudo. De pronto, las dos figuras que intentaban evitar a toda costa los proyectiles de aquella batalla campal, impulsadas por el aire que producían el vaivén de la almohada y de los demás objetos lanzados, comenzaron a volar por el aire como dos aviones de papel. El Príncipe cayó justo dentro de un vaso de gaseosa que se había quedado sobre el escritorio de Maya desde la noche anterior. Mientras que la Princesa aterrizó lentamente sobre una de las esquinas del dormitorio quedando atrapada dentro del basurero.

Al verse dentro del tacho, la Princesa sujetó muy bien su corona, levantó coquetamente su vestido con ambas manos y comenzó a dar saltitos diminutos sobre una vieja caja de zapatos dando gritos y alaridos para que los niños la escuchen. Mientras, el Príncipe intentaba mantenerse a flote subiendo y bajando a través de aquel líquido pegajoso, oscuro y lleno de burbujas en el que creía que pronto iba a perecer.

Maya y Lucas decidieron terminar la pelea con un empate debido al cansancio de ambos luchadores. Cuando hicieron un recuento de los daños tenían a su favor una almohada despanzurrada, un frisby roto en dos pedazos, dos CD quebrados y una muñeca que había perdido un brazo. Entonces voltearon la vista sobre el velador, como recordando que tenían algo importante que resolver, pero no encontraron lo que sus ojos buscaban. Tan solo quedaba la lámpara patas arriba, colgando de su cable, y la pantalla con un tremendo agujero en la tela de ositos rosados y nubes blancas.

– Tú los hiciste volar con el almohadazo que lanzaste –protestó Lucas.

– ¡Imposible! Fuiste tú con ese famoso frisby. Apuesto que los hiciste polvo cuando se cayó la mitad sobre la lámpara.

– ¡Qué tonta que eres! ¡Tus muñecos estarían hechos papilla, pero seguirían sobre tu velador!

– ¡Muy chistoso, Lucas! ¡Ahora tenemos que buscarlos!
 
Lucas y Maya removieron el dormitorio entero buscando a la pequeña pareja. Levantaron las frazadas y la colcha, voltearon los libros del estante, bajaron la ropa del closet, sacudieron la alfombra y vaciaron los cajones sin percatarse que desde una de las esquinas cercanas a la puerta una vocecita intentaba comunicarse con ellos sin ningún resultado.

– ¡Sáquenme de aquí!

Con tanto alboroto y tanta bulla pasó lo que tenía que pasar, una madre somnolienta y furiosa irrumpió en la habitación:

– ¿Será posible que me dejen dormir cinco minutos más? Todo el año les pido que se levanten temprano para no llegar tarde al colegio, pero, claro, ¡empiezan las vacaciones y ustedes deciden madrugar!

La madre de los mellizos hizo una pausa en su discurso, vio asombrada el desastre de habitación que tenía delante y continuó:

– ¡Pero qué bien, Maya! ¡Me imagino que todo este bullicio a las seis y media de la mañana es porque decidiste hacer la limpieza de tu cuarto! Me alegra que Lucas te esté ayudando, porque mañana harán exactamente lo mismo con su dormitorio.

Con esa orden en el aire abandonó la pieza y Maya miró a su hermano indignada, haciendo un gran puchero e inflando sus mejillas.

– ¿Limpieza de mi cuarto? ¿Quién diablos le metió en la cabeza a mamá que yo quería hacer limpieza de mi cuarto? ¡Es lo único que me faltaba! ¡Odio ordenar mi dormitoooooorio! ¡Y, sobre todo en vacaciones! –reclamó Maya.

– Es tu culpa, hermanita –dijo Lucas en tono suave–. Tú comenzaste la pelea.

– ¡No te hagas el santo, Lucas, porque fuiste tú el que la provocaste. ¡Así que no te librarás de ayudarme a poner todo esto en su lugar!

Lucas, un tanto resignado a su suerte,  se acercó al escritorio de Maya y de un trago se tomó la gaseosa donde el cuerpo del Príncipe yacía flotando. Cuando el líquido ya estaba en el estómago de Lucas, la figura del Príncipe quedó adherida a uno de los costados del vaso. El niño miró la silueta y rompió a reír a carcajadas.

– ¡Pero qué Príncipe más tonto! ¿Qué hacías allí dentro?

Maya se acercó a su hermano y le quitó el vaso de un jalón.

– ¡Pero si casi te tragas al Príncipe! No puedes con tu carácter de embutirte todo lo que ves, ¿no es cierto? Ahora, trae la secadora de pelo para reanimarlo. ¡A este pobre casi lo matas!

– Que quede claro que casi se mata él, porque te aviso que yo ya lo encontré dentro del vaso.  Menos mal que el refresco ya no tenía gas o tu Príncipe estaría dando eructos de burbujas –replicó Lucas tan tranquilo dirigiéndose al cuarto de baño.

– ¡Eres un asqueroso, Lucas! Y ahora, ¿dónde diablos se habrá metido la Princesa?

Mientras Maya continuaba buscando, Lucas colocó al Príncipe sobre una hoja de papel, encendió la secadora al máximo y nuevamente la figura voló por los aires como una cometa. Antes de que Maya se diera cuenta, recogió rápidamente al Príncipe de la alfombra, tomó algunos clips que encontró en el estuche de su hermana y sujetó al Príncipe firmemente al papel para seguir con el proceso de secado.

– ¿Y tú qué haces metida en el basurero? –preguntó Maya a la Princesa en voz alta arrodillándose para intentar sacarla.

La Princesa no respondió. Vencida por el cansancio de tanto saltar sin que nadie la escuche y como no había pegado ojo en toda la noche cayó rendida dentro de la caja de zapatos. Maya sacó la caja del basurero con sumo cuidado para no despertarla, arrancó tres pañuelos desechables del cuarto de baño y tapó a la Princesa. Luego, dejó la caja sobre su velador.

– Creo que este Príncipe está muerto. No ha pronunciado ni una sola palabra desde que lo saqué del vaso –comentó Lucas–. ¿No será que su lengua se pegó al paladar al tragar el azúcar del refresco? Está tan pegajoso que podrías usarlo como sticker en la tapa de uno de tus cuadernos.

– ¿No será más bien que con el viento de la secadora, que casi está a un milímetro de su cara, el pobre se está asfixiando? –recalcó Maya en son de burla.

– ¡De ahogado a asfixiado! –exclamó Lucas–. ¿Pero qué clase de Príncipe es este? ¿No se supone que los príncipes son valientes, atléticos, inteligentes, seres superiores, sabios, ricos, guapos, etc., etc., etc.?

– Tienes razón –replicó Maya con tranquilidad–. Lo que ocurre es que este debe ser el único príncipe sobre la Tierra que se ha encontrado con un gigante tan bestia, torpe, tonto, ignorante y bobo como tú. 

– Te recuerdo que tú me despertaste para que viera a este par de recortes, así que ahora no te quejes.

– Ya deja de sobrecalentar a ese pobre príncipe y vamos a desayunar que muero de hambre.

Maya quitó los clips del cuerpo del príncipe y lo puso dentro de la caja de zapatos donde la Princesa roncaba a pierna suelta. Tomó otros dos pañuelos desechables, tapó a la figura y muy despacio, casi de puntas, salió de su habitación.