EL MUNDO INFANTIL EN LA OBRA DE UNA ESCRITORA BOLIVIANA

Rosario Quiroga de Urquieta (Cochabamba, 1948), además de ser maestra que vive y escribe con las esperanzas de compartir sus pensamientos y sentimientos con los lectores de su obra, es promotora infatigable de la literatura infantil boliviana que, a diferencia de otros países del continente, cuenta con una producción exigua y poco accesible para las mayorías nacionales. Por eso mismo, la labor desarrollada por Rosario Quiroga de Urquieta, como miembro del Comité de Literatura Infantil y Juvenil de Cochabamba, es ponderable desde todo punto de vista, sobre todo, en un ámbito en el cual no se fomenta la producción de libros destinados a los niños.

 

Sin embargo, a pesar de la incomprensión y la desidia de los sistemas de poder, nuestra poetisa, narradora, ensayista y profesora de lengua y literatura, no ha cesado en su empeño de abrirle mayores sendas a la literatura infantil boliviana, convencida de que los buenos libros no sólo traslucen amor y respeto por el mundo de la niñez, sino que también cumplen con "el objetivo de hacer vivir al niño una nueva aventura con belleza, entretenimiento y emoción, ya sea con elementos reales o imaginarios". Además, ella sabe que el autor, cuando escribe en verso o en prosa, no hace más que compartir sus fantasías y experiencias, en el mejor de los casos evitando los circunloquios y artificios verbales, para llegar con mayor facilidad y fuerza al espíritu de los lectores que, en última instancia, son sus confidentes.

 

Para Rosario Quiroga de Urquieta -considerada rebelde y solitaria; por un lado, debido a las exigencias y condiciones impuestas por una sociedad patriarcal y, por el otro, debido a los atavismos familiares que experimentó desde su infancia-, la literatura responde  a una necesidad existencial tan propia de los seres recluidos en la inconformidad, la soledad y la angustia vital que va unida al costado más vulnerable del ser humano.

 

Con todo, a estas alturas de su vida, puede aseverarse que su escritura, que comenzó como un dolor solitario y no compartido, se ha trocado con el tiempo en un elemento solidario e indispensable en el contexto de la literatura infantil boliviana, donde destaca por su talento narrativo, con una sensibilidad innata que hace que los niños se sientan identificados con los personajes de su obra, como quienes se miran de cuerpo entero en los espejos de la literatura. Un buen ejemplo es su novela infantil "Suramar", que, alejada de la varilla didáctica y moralizante de la pedagogía convencional, transmite valores éticos universales y un puñado de reflexiones orientadas a contribuir en la formación positiva de la personalidad del niño, sin más recursos literarios que los elementos proporcionados por el juego y la fantasía.

 

Todo comienza con Miralba, la protagonista central de la historia de "Suramar", quien sueña con un hermoso cuadro en cuyo fondo existe una colina que a sus ojos se hace transparente. A partir de entonces, esta imagen onírica, fijada en su retina como cuando se captan imágenes con una cámara fotográfica, la insita a escalar una colina rocosa ubicada al sur de una laguna y al otro lado del camino donde vive. Así, durante las vacaciones de la escuela, Miralba concretiza su sueño junto a un grupo de amigos que, luego de cruzar la laguna y ascender hasta la cima, desde la cual puede contemplarse la grandiosidad del paisaje, bello por el punto que se lo mire, deciden crear un país feliz con el nombre de Suramar, donde protagonizan las aventuras más fantásticas de sus vidas, no sólo porque les permite poner a prueba los recursos de la imaginación, sino también porque allí aprenden que la naturaleza es un elemento indispensable para la vida, el amor y la alegría.

 

En Suramar, colina rodeada de aire, cielo y sol, fundan la ciudad de sus sueños, previo a un juramento en el que, agarrados de las manos, exclaman al unísono: "¡Juramos y prometemos trabajar siempre unidos para que Suramar sea grande y hermosa!". Acto seguido, como parte de la fantasía y actividad lúdica propia de los niños, construyen la ciudad con piedras, palos y otros materiales al alcance de la mano.

 

La ciudad de sus sueños tiene municipalidad, hospital, banco de crédito y algo tan importante como una organización ecologista protectora de las plantas y los animales. Asimismo, tiene avenidas, parques, jardines y todo cuanto necesitan los habitantes de una ciudad moderna. Por ejemplo, si los niños quieren conducir un auto sólo necesitan un objeto circular que les sirva de volante, un palo envuelto con retazos para que sea una muñeca o un hueso que haga de revólver.

 

Está claro que sólo lo niños son capaces de crear un "Castillo de Inventos", donde exista una fábrica de caramelos y una máquina que les resuelva los problemas matemáticos. Y, como si fuera poco, en Suramar aparecen fantasmas con cara de gato, ojos fosforescentes y cola partida en cuatro, y platillos voladores llevando a bordo a seres extraterrestres, con los ojos grandes y la cabeza parecida a una burbuja. Todo esto es posible en un mundo sólo frecuentado por la imaginación de quienes son capaces de romper con las leyes de la lógica, como lo hacen los niños cada vez que se refugian en la actividad lúdica y el poder de la fantasía, hastiados por el entorno familiar y esperanzados en concretizar las aventuras y los sueños que anidan en su fuero interno.

 

Los niños en Suramar, a diferencia de lo que sucede en la sociedad que comparten con sus padres, tienen las mismas obligaciones y los mismos derechos, indistintamente de su condición social, racial o sexual. En tal contexto, el libro de Rosario Quiroga de Urquieta entrega un hermoso mensaje, que esperemos se haga realidad alguna vez entre los habitantes de nuestros pueblos.

 

La principal protagonista de la historia, aparte de ser soñadora, es una niña ecologista, que ama la naturaleza en tiempos en que todos parecen haber olvidado que el mundo en el cual vivimos es uno solo y que debemos cuidarlo para el bien de todos.

 

Otro aspecto interesante del libro está en la descripción del enamoramiento que experimentan los niños, como parte del proceso de socialización incorporado en sus vidas de manera natural. Este es el caso de las vibraciones sentimentales entre José Antonio y Ester, dos niños que comparten sus sueños y juegos, pero también los primeros atisbos del amor inocente y maravilloso, que pone los pelos de punta y acelera los latidos del corazón.

 

Concluida  las vacaciones, los amigos de Miralba retornan a clases y se despiden temporalmente de Suramar, donde construyeron una ciudad feliz a fuerza de fantasía y trabajo mancomunado. De otro lado, el inicio de clases implica volver al mundo lógico y reglamentado de sus padres y profesores, a ese mundo real donde no siempre los niños tienen la facilidad de soñar con un país hecho de magia y felicidad, puesto que todo está subordinado a los dictados del mundo adulto, cuya conducta lógica es casi siempre ajena al mundo fantástico de los niños.

 

Con el trascurso de los años, los niños y las niñas que frecuentaron la colina, con el único propósito de compartir sus ilusiones y esperanzas, crecen y alcanzan la edad adulta. Unos se mudan de barrio y otros cambian de vida; pero Suramar, la colina transparente, queda en sus recuerdos con todo su esplendor, porque es una de esas pocas experiencias que se impuso a las adversidades con amor y alegría.

 

Rosario Quiroga de Urquieta, quien aprendió de los niños muchos modos de ver y sentir el entorno, nos invita a dar un paseo por las aventuras inolvidables de Miralba y la magia de la palabra escrita, expresadas con natural belleza en este libro hecho con devoción por los niños, por esos niños que tanto esperan de los educadores que, aun siendo adultos, no dejan de compartir las experiencias y emociones de la "edad de oro". Pero algo más, la novela infantil de Rosario Quiroga de Urquieta, narrada con mente lúcida y corazón florido por los recuerdos de la infancia, es una clara revelación de que la autora, en el fondo de su alma, nunca dejó de ser niña ni dejó de soñar con Suramar, su colina transparente.

Autor: Víctor Montoya

Publicación: Revista Digital "El Mangrullo" No. 90. 1o de enero de 2008

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