YO QUE TÚ DE CLAUDIA ADRIÁZOLA

Yo que tú…

Galia Yaksic

 

Recibí la novela finalista al concurso Alfaguara de literatura infantil 2012. Una novela pequeña (de noventa y tres páginas), escrita por Claudia Adriázola, empastada con cubierta suave y titulada muy al estilo coloquial boliviano: “Yo que tú…” traducido como el desafío de rigor al amigo querido, el consejo necesario y un poco cauto: “si yo fuera tú, esto es lo que haría.”

 

Estaba curiosa por ver lo bueno, lo malo, lo bonito y lo feo que el realismo mágico podía haber dejado en el trazo de una de las nietas bolivianas del Boom latinoamericano, una contemporánea que después de explorar la escritura de literatura juvenil, adulta romántica, ahora entra con pie derecho en la literatura infantil.

 

Leí el libro en una hora y media. Una vez abierto no quise dejarlo. ¿Qué había dentro?: la honesta descripción de una vida familiar funcional y de sus riesgos. Los riesgos (bien sorteados) de la comodidad emocional, material, social y económica. El personaje principal es Nico un niño de once años, rodeado de afecto, de personas positivas, de seguridad.  

 

Nico es un personaje creíble y bien armado, no creo estar muy lejos de la verdad al afirmar que se trata del retrato bien logrado de un niño que probablemente existe y que ―como el personaje― también se encuentra atrapado en un (entendible) inocente egoísmo. Su problema es que no sabe ni quiere aprender a compartir. Especialmente las cosas que más le gustan, y entre ellas muy especialmente las meriendas mágicamente deliciosas que la adorable abuela le prepara. Meriendas que fucionan en la historia como símbolo de la forma más dulce del amor (i.e. madre-hijo/a).

 

Adriázola maneja todos los elementos necesarios para crear buenas historias infantiles: juegos de palabras, adivinanzas, misterios, riñas entre hermanos y complicidad también, enseñanzas disfrazadas de experiencias increíbles, puertas abiertas a lugares que solo invitan a curiosear. Y, por supuesto, un objeto mágico que permitirá a nuestro héroe to be, resolver su problema, es decir: le permitirá sentir empatía.

 

En un país como Bolivia, lleno de emigrantes potenciales, de abuelas  vueltas madres otra vez y de hijos e hijas solos, criados por parientes cercanos o no tanto, el personaje de Marianita no puede sino llenar el corazón de una ternura melancólica. Me sucedió desde la página sesenta y tres cuando los sentimientos de la niña son descritos tan simple y planamente que su tristeza revive la tristeza de esa niña (con madre pero huérfana) que probablemente habita en muchos/as de nosotros:

 

Hasta ese lunes ella había calculado dos años,

tres meses y catorce días sin ver a sus papás…”

 

Heredera de Ezquivel y otras Señoras de ese tiempo, Adriázola celebra la importancia de la cocina en la vida y salud emocional de una familia, la importancia que tiene para los niños de “la comida hecha en casa,” la capacidad conectora que tiene esa comida con el pasado, con el orígen, con ese lugar y tiempo que quisiéramos siempre visitar de nuevo, donde siempre queremos regresar ―consciente o inconscientemente― porque es lo que hemos amado más.

 

J.K. Rowling dice que la imaginación es la llave a la empatía y que esta es a su vez un poder específico del ser humano. Me alegra mucho tener una escritora boliviana con esa cualidad (claramente natural) y me alegra más poder leer para mis hijos una historia tan humana y noble, divertida e interesante. Por eso escribo estás líneas, como desafiando a mi lector, niño y adulto: Yo que tú, leería la novela y me dejaría llevar por esos lentes únicos que pueden hacer de nosotros mejores hijos, nietos, mejores papás, mejores amigos: mejores.

 

 

Autor: Galia Yaksic